Feng Shui y Arquitectura Sagrada

APORTE DE AGOSTO 2008
Todos los pueblos y civilizaciones han desarrollado formas arquitectónicas concretas para canalizar lo sagrado. Incluso culturas como la Celta, que utilizaron la Naturaleza como templo, no escogí­an cualquier lugar para sus ceremonias, sino que buscaban aquellas zonas en que las lí­neas del paisaje indicaban una energí­a especial. Esas energí­as son perceptibles para la mayorí­a de nosotros, haciendo que nos encontremos bien o mal en un determinado lugar. Tal vez quienes más escribieron sobre este tema fueron los autores chinos. Al arte de indagar las energí­as de un determinado lugar por la forma del paisaje le llamaron Feng Shui...

La Arquitectura Sagrada pretende canalizar las energí­as del lugar de la manera adecuada para procurar una elevación del hombre, no sólo situando los templos en el mejor sitio, sino utilizando la forma de la construcción como una caja de resonancia para amplificar los sonidos del alma.

Varios números y formas tienen una importancia primordial en estas arquitecturas: el cuatro, manifestado en el cuadro o en el cubo; el ocho, manifestado en el octógono, y el cero o infinito, manifestado en la esfera. Un templo frecuente en el cristianismo, y por lo tanto en España, es el de planta octogonal. Se utilizó exclusivamente como templo funerario o bautismal -baptisterio-, es decir, para la salida y entrada a la vida. Fue uno de los templos predilectos de los templarios. Tal vez el más famoso en Europa sea el Baptisterio de Florencia, con las Puertas del Paraí­so de Lorenzo Ghiberti; pero en España tenemos también algunos ejemplos muy importantes de templos octogonales, dos de ellos templarios, como el de Eunate en Navarra, y el de Veracruz en Segovia. Otras veces encontraremos plantas octogonales en torres y otros anexos, reforzando la importancia del número ocho. ¿Por qué? Todos los pueblos antiguos concibieron una Divinidad superior, a la que dieron distintos nombres y que Plotino, de una manera muy adecuada, llamó lo Uno por estar por encima de toda manifestación. De este Uno surge una primera dualidad (Yin y Yang), que es el número Dos. Y aquí­ empezamos a jugar un poco con números. El Dos tendría relación con el mundo material y manifestado, y el Uno con el mundo espiritual e inmanifestado. Sin embargo tendremos que utilizar un número que está en relación con lo espiritual dentro de nuestro mundo. El Uno no puede ser porque es inmanifestado, por lo que tendrá que ser el primer número impar que, no siendo el Uno, será el Tres. Por lo tanto, las combinaciones del Dos y el Tres serán la clave. Cuando el mundo material (Dos) está animado por el mundo espiritual manifestado (Tres), sus posibilidades no aumentan de una forma normal, no se suman, sino que se potencian, y dos elevado a tres es, precisamente, ocho. Por eso el número Ocho es aquí que representa las posibilidades de nuestro mundo material cuando está animado por lo espiritual. Todo esto queda perfectamente reflejado en el I Ching: el Yin fue expresado con una lí­nea quebrada _ _ , mientras que el Yang con una lí­nea entera ___; es la dualidad, el número Dos. Combinados en grupos de tres tenemos ocho posibilidades diferentes, los ocho trigramas que a menudo se representaban alrededor de una tortuga; ésta es un sí­mbolo de la unión del Cielo y la Tierra; la Tierra era su base plana, y el Cielo el caparazón cóncavo. Estos ocho trigramas representan ocho grandes leyes o posibilidades de la Materia potenciada por el Espí­ritu: Creatividad, Receptividad o Devoción, Movimiento, Profundidad, Aquietamiento, Penetración, Adhesión o Claridad Interior y Serenidad o Felicidad. Estos ocho trigramas son como ocho grandes potencias, pero en el mundo manifestado se combinan de dos en dos, sumando 6 lí­neas cada combinación, que son los 64 hexagramas del I Ching, que representan las leyes del cambio y de la mutación, o transformación, en el mundo manifestado, pues I Ching quiere decir, precisamente, Libro de los Cambios. Si reducimos este número, 64, por medio de la suma pitagórica tendremos 6 + 4 = 10; y 1 +0 = 1: otra vez el Uno, lo Uno. Es decir, que todas las posibles leyes de la Naturaleza cambiante nos vuelven a llevar, siempre, a lo Uno de lo que proceden. Tal vez esto suponga demasiada explicación, pero resulta básica para entender un poco la gran importancia del número Ocho y por tanto del Octógono. Pero hay otra simbologí­a más material, pues el número cuatro es el segundo número par y está vinculado con las posibilidades del mundo material. La circunferencia está relacionada con Dios y con lo espiritual. De alguna manera, una circunferencia es un polí­gono de infinitos lados, por lo que entre el cuadrado y ese polí­gono perfecto que es la circunferencia, el primer paso es el octógono. La planta más corriente en nuestras iglesias es la de cruz latina. Si la observamos, nos damos cuenta de que es un cubo desarrollado; si tuviéramos una caja cuadrada y pudiéramos "desarmarla", obtendrí­amos una cruz latina. Así­, la planta de una iglesia de este tipo es en realidad un cubo. Sobre la parte "central", en realidad en el segundo cuarto, se coloca una semiesfera, una cúpula que recuerda ese mundo espiritual y divino. Y para pasar a esa cúpula, entre el cubo y la esfera, encontraremos siempre un octógono que "realiza el paso". El cubo, la esfera y el octógono, son tal vez los tres elementos más importantes en nuestra Arquitectura sagrada. Un apasionante enigma arqueológico, matemático y simbólico.
Silvia C. Fernández
Extraído de la Revista Esfinge de España.